A coronación del grande salón central, enmarcado por un monumental arco, se encuentra el más célebre David, esculpido por Michelangelo entre 1501 y 1504.
Ya puesto al exterior de Palacio de la Signoría, donde ha sido remplazado por una copia del 800, este gigante de mármol es el símbulo mismo de la libertad de la República Florentina. Michelangelo representó, con fuerza casi insuperable, al que, confiando sólo en Dios, no tiene miedo a nada y a nadie. Altamente expresiva y pulida es la cabeza, mientras intencionales forzaduras se notan en el brazo izquierdo y en el busto.
Son merecedoras introducciones al David, las estatuas de las “prisiones”, osea de las ciudades y provincias conquistadas, ideadas y empezadas para el monumento fúnebre de Papa Julio II, obra reducida después en sus dimensiones y adornos. Las Prisiones son ejemplos del “no acabado” de Michelangelo que significa la lucha del espíritu para librarse de la materia y que trae consigo un cumplimiento visivo de parte del espectador. Otro ejemplo notable de “no acabado” es la Piedad, dicha “de Palestrina”, por la ciudad del Lazio donde fue guardada hasta 1940. Desde la Galería de la Academia, a lo largo de calle Ricasoli, se llega al amplio espacio donde se levanta la basílica de la Santísima Annunziata.